Ante las noticias que llegan de Madrid, el pueblo de Zaragoza destituye a la legítima autoridad, se alza en armas y se convierte en el protagonista de su propia historia. Francisco de Goya, testigo excepcional de una época verdaderamente confusa, viaja con su discípulo fiel a Zaragoza. A nadie dejará indiferente. Para unos se tratará de un patriota; para otros, de un afrancesado más. La epidemia se une a la guerra y cientos de cadáveres yacen insepultos por las calles.
Tras la capitulación, los colaboracionistas entonan un Te Deum solemnísimo en el Pilar, en acción de gracias. Cuatrocientos invitados comen capones en el palacio arzobispal y miles de personas son deportadas a Francia por orden de Napoleón. Pero la memoria del honor sobrevivirá a la tragedia de la guerra.
Próximo el segundo centenario de los Sitios, el autor recrea con profunda agudeza y sentido narrativo esta historia de guerra. A partir de entonces, los defensores de la ciudad adquieren la condición de los mitos, epopeyas y leyendas. Nace una nueva forma de poder, el poder de los muertos e indefensos.