Con un estilo narrativo trepidante, el autor, un ambulanciero real, escribe un diario de lo que le acontece en sus servicios, narrando las tragedias cotidianas, hechos de una tremenda dureza, desgracias de una inconmensurable pena, que normalmente no salen en los telediarios.
Con este relato el autor emite una llamada de auxilio, haciendo sonar la sirena de las palabras, señalando las dificultades diarias de un ambulanciero. Ágilmente los acontecimientos se solapan y, solo en la intimidad de su habitación, reflexiona, expresando así su particular denuncia, con el grito callado de la impotencia: la falta de medios técnicos, la presión de los directivos, la escasa preparación de los sanitarios, y lo mal pagados que están los Técnicos en Transporte Sanitario, esos hombres y mujeres que ponen su vida en juego para salvar la nuestra.
Este trayecto narrativo a los hospitales -como acaece en la realidad misma- no nos dejará impasibles, porque lo que se escribe desde dentro y en primera persona, siendo protagonista y espectador a la vez, tiene un doble valor. Además, muestra la capacidad de hacernos ver con sus ojos todo lo que normalmente no se quiere enseñar, porque tiene mala imagen: la decrepitud, la muerte encerrada en ambulancias blancas.
Nigo Sola ha sido conductor de ambulancias durante casi una década. Alternando el pulso narrativo con la denuncia, cuenta su experiencia en forma de diario, sin fechas. El libro es un claro testimonio de cargo: por la falta de medios técnicos, los abusos del monopolio, la escasez de formación de algunos conductores y los sueldos indignos. A la par que aclara un sistema complejo, que deja mucho que desear y asusta, también asoman historias humanas y de pacientes.