El protagonista de esta novela llega, entrado en años ya, a la casa que fue de sus abuelos en un pueblo zaragozano. Recuerda los tiempos de su infancia y adolescencia que allí pasó, arropado por el cariño de los abuelos, primero, y de las tías después. Ahora, la casa está desocupada, nadie habita en ella. Al hilo de esta situación, el libro se abre con un poema, “La extraña pareja”, en el que la Soledad y el Silencio se asoman al balcón, en demanda de vida.
El protagonista se adentra en la casa y la va recorriendo, morosamente –y también amorosamente, porque, en esencia, es éste un libro de amor-, aposento por aposento, deteniéndose en cada uno de ellos, rememorando las gentes que los habitaban y que en ellos se movían, tanto familiares como gente amiga. Todos desaparecidos ya. Así van reanimándose los queridos fantasmas que ocuparon las estancias vacías: el zaguán, el hogar bajo de la cocina con la chimenea y la cadiera, el cuarto del que hizo taller su tía modista, la sala de abajo, con aquel amedrentador cuadro desde donde el ojo de Dios vigilaba; el amasador del pan, despensa también con aromas aún de los chorizos y el lomo y las costillicas adobadas; la escalera; la sala grande con sus dos alcobas; la sala pequeña, con la suya, donde revive episodios de su infancia y en la que padeció su grave enfermedad la madre. El solanar de los horizontes amplios, con la vista al cerro de la Atalaya, a la vieja iglesia de hondas campanas y a las ruinas del castillo que fue de los templarios, en la raya de Aragón con Castilla. El corral y sus dependencias: la corte del cerdo, la cuadra para la yunta y la burra del abuelo y, luego, las cabras que daban leche, el gallinero, el palomar. Todo entrañable y querido, dando paso a episodios pintorescos, dulces y alegres cuando Dios quería, a costumbres olvidadas.
Al marcharse, acaso para siempre, al protagonista le salen, así lo imagina, los fantasmas a despedirle. Recuerda un verso de Pedro Salinas: “Gracias, Señor: Lla casa está encendida”. Pero, al volverse, casi tontamente esperanzado, la casa, en la que nadie habita, está irremisiblemente apagada. Hay amor, ensoñación y un cierto regusto en la forma de expresión, quizás próxima a lo poético en determinados momentos, que a un comentarista (benévolo) de “Heraldo de Aragón” le hizo decir que el autor sentía la “lujuria de las palabras”.