“Médanos de oro son los recuerdos”, nos dice Juan Ramón. Y de este verso nació el título del presente libro. Es el volumen de en medio de una trilogía en la que el autor se propuso desgranar recuerdos. El primero, editado hace unos años por la Asociación de la Prensa de Aragón, bajo el título de “¡Qué extraño grupo de rara gente exótica!”, hoy agotado, recopilaba aspectos de la vida profesional del autor. El tercero y último, Primeras armas, lo ha publicado también UnaLuna en esta misma Colección Amarcord. Con él se completa aquella intención primera. Ninguno de los tres es un verdadero libro de memorias sino simples espigueos en esa memoria que el tiempo va encargándose de llenar.
Médanos de oro acude a momentos, lugares, gentes, seres vivos y cosas que, a lo largo de la vida, nos hacen compañía y de cada uno de los cuales puede sacarse una anécdota, una enseñanza, un relato, en fin. Hay siempre mucho que contar alrededor de lo que nos puede parecer insignificante, pero que constituye un trozo, por mínimo que sea, de nuestra existencia. Siempre estamos menos solos de lo que, en etapas malas, nos creemos, porque lo que nos rodea está ahí, junto a nosotros. Hay, simplemente, que verlo y que considerarlo y no quitarle la indudable importancia que tiene.
Tras un prólogo escrito por el periodista y escritor Ricardo Vázquez-Prada, los capítulos de “Médanos” se van refiriendo, en un orden convencional alfabético, a los aludidos momentos, seres, etcétera, que despiertan el recuerdo trayendo a colación episodios diversos de toda índole, divertidos, tristes, intrascendentes, patéticos, según lo pide el tema: animales, árboles, asientos, barcos y navegaciones, casas, cerros, cine, cuadros, escaleras, espejos, estaciones, flores, fuentes, instrumentos, juguetes y juegos, lámparas, libros, medallas, mesas y pupitres, plumas y bolígrafos, prendas, radios, relojes, r íos, rincones, sellos, sueños y figuraciones, trenes y otros objetos. Es un modo de hacer autobiografía, un tanto a saltos y al capricho de la memoria.
Concluyamos con estas palabras de Ricardo Vázquez-Prada: “La exactitud, la precisión en la utilización de los vocablos, el estilo en apariencia sencillo pero en realidad tan difícil, se adereza de ironía, como la sal que se une al guiso para dar relevancia al sabor final; una ironía que penetra en las páginas del libro y está siempre presente”.